NOTICIA 23 (05-04-2009)
CUANDO LA AVENTURA SE VUELVE PASIÓN (VOZ DE GALICIA).
El ribadense Julio Antolín participó junto a otros 82 atletas en la Atacama Crossing, atravesando casi 250 kilómetros del desierto más árido del mundo, en Chile.
248,4 kilómetros repartidos en seis etapas a través del desierto más árido del mundo y bajo un sol de justicia, atravesando una de las mayores lagunas saladas del planeta y todo ello mientras se carga con una mochila de unos nueve kilos, en la que se acumulan los víveres, ropa y elementos necesarios para afrontar una semana de competición (botiquín medico, vitaminas, linterna de noche,...).
A mayores, por las noches el frío atenaza a los participantes -hasta -2º C-, que duermen en unas cómodas tiendas de campaña que hacen ciertamente complicado el proceso de recuperarse del cansancio acumulado en las piernas y en todos los músculos del cuerpo. Por cierto, unas tiendas que componían un campamento que cambiaba todos los días de localización y en el que cada habitación tenía un nombre distintivo. La de Julio Antolín se denominaba Licancabur, en honor al volcán chileno.
Con esta pequeña presentación, ya serían muy pocos los que se osarían participar en el Atacama Crossing. Pero si a ello le añadimos que, solo para inscribirse, hay que pagar 3.000 euros, seguro que no habría nadie dispuesto a competir en la carrera chilena, primera prueba de las cuatro que componen el Cuatro Desiertos (Four Deserts), una competición que aglutina los cuatro desiertos más importantes del planeta: Atacama (Sudamérica), Gobi (Asia), Sáhara (África) y el conocido como Último Desierto (Antártida).
83 atletas y 25 nacionalidades
Sin embargo, un total de 83 locos de los desiertos han participado en la carrera inaugural, formando un auténtico conglomerado cultural, ya que han estado representadas 25 nacionalidades, entre los que destacó la presencia de 10 españoles, uno de ellos ribadense.
En esta aventura, o locura, como le llamarían la mayoría de los mortales, se enroló el ribadense Julio Antolín (1962, Palanquinos-León), un auténtico apasionado de los maratones y de las pruebas de ultrafondo, competiciones en las que sus recorridos acostumbran a superar los 100 kilómetros de distancia.
En la última semana hemos seguido cómo ha ido evolucionando su participación en tierras chilenas, hemos observado cómo en su recorrido atravesaba áreas con nombres que asustan. El ejemplo más claro, el Valle de la Muerte, pero más allá de los fríos números se desarrolla una convivencia salpicada por numerosas anécdotas.
La llegada a San Pedro
El atleta ribadense arribó a San Pedro de Atacama (Chile), lugar de salida y llegada de la prueba, el pasado domingo. Sin tiempo para aclimatarse a las duras y oscilantes condiciones climáticas de la zona, derivadas del inicio del otoño austral y de los más de 2.000 metros sobre el nivel del mar en los que se encuentra, se calzó las zapatillas, se vistió el pantalón y la camiseta, y se echó su mochila a la espalda para recorrer los 35,2 kilómetros de la primera etapa. Sin duda, una bienvenida muy dura. Después vendrían los 41,8 de la segunda, los 40 de la tercera y los casi 43 de la cuarta, preludio de la más larga, la quinta, una auténtica odisea que contaba con 73,6 kilómetros de caminata a través de llanuras inacabables. De despedida, ayer, unos asequibles 10 kilómetros.
Sin embargo, lo que más marcó a la mayoría de aventureros fue el paso por el salar de Atacama, el depósito salino más grande de Chile. A lo largo de los 15 kilómetros de planicie, los aventureros tuvieron que correr «por unas cortezas de sal en las que te podías hundir hasta las rodillas o, en el peor de los casos, hasta las ingles», relató en su blog el catalán Josep María Romero.
«El huevos salados»
De ahí que un inglés fuese conocido con el sobrenombre de «el huevos salados», comentó en tono jocoso en su bitácora personal el atleta Carlos Solans. Además, estas cortezas en su mayor parte eran «puntiagudas, muy afiladas», lo que acrecentaba el temor y la atención de los sufridos aventureros.
El Maratón de las Arenas o las 100 Millas del Himalaya están en el haber del atleta mariñano
Aunque Julio Antolín se decidió tarde -con 42 años- a competir en pruebas en el extranjero, desde el 2004 participa todos los años en al menos una.
Su bautismo internacional fue en el desierto del Sáhara, corriendo el popular Maratón de las Arenas marroquí (Marathon des sables), una prueba de 240 kilómetros por etapas en autosuficiencia alimentaria, es decir, cada participante tiene que cargar con su propia comida desde el inicio de la competición. En el 2005 participó en la TansAQ, en la región de Aquitania (Francia), de 270 kilómetros.
La temporada siguiente viajó hasta Nepal para correr las 100 millas del Himalaya y el pasado año corrió la Travesera de los Picos de Europa (64 kilómetros) y el Tour del Mont Blanc (100 kilómetros). En el 2007 no compitió en ninguno porque se suspendió una carrera de 250 kilómetros que se iba a celebrar en Mali, debido al conflicto bélico que se produjo en el país africano.
Previamente, el atleta ribadense había participado en 18 maratones en distintos puntos de la Península Ibérica. En su punto de mira está ahora correr una prueba en Australia y repetir la carrera en el Mont Blanc.
Un galés de 76 años fue el participante más veterano de la cuarta edición
A pesar de que muchos puedan pensar que con esta prueba solo se atreven los más jóvenes, ahí está el ejemplo del participante más veterano, Laurence Brophy, un galés de 76 años que, aunque no logró completar todas las etapas, estuvo hasta el último día en el desierto de Atacama intentando finalizar el mayor número de jornadas. Otro ejemplo de sacrificio fue el que ofrecieron siete atletas que se pasaron más de un día entero corriendo, para finalizar la quinta jornada.

Julio Antolín en una foto de archivo